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Archivos Mensuales: septiembre 2012

El “never die” o “nebedaye” es un árbol que se encuentra fácilmente en Gambia. Aunque antes,”toda la carretera que cruza Brikama estaba lleno de ellos”. “Pero estos políticos no saben; hubo  una época en la que cortaron y deforestaron parte del país para hacer carreteras más anchas”.

-“Nebadaye is good”, reitera otro.

En África conviven los remedios naturales y la fe en las pastillas, sobretodo en las procedentes de Europa o Ámerica. Pero los primeros y sus herboristas están, para muchas familias, mucho más accesibles y al alcance de sus bolsillos. También más arraigados a sus tradiciones y cultura que la química.

Malick sale del hospital con su cartoncito de pastillas para combatir la malaria. Pack especial África, con dibujos explicativos para ilustrar las tomas diarias. Luna, noche, sol dia, tantas rayitas, tantas pastillas.  De camino a casa se detiene para arrancar una rama de Nebedaye, también conocido como Moringa o Árbol de la vida.

Dosis de química y dosis de hierba.

En este caso, las dos accesibles. Y es que el cartoncito con 24 pastillas para la malaria son gratuitas en los hospitales públicos del país. Entras, pagas un tiquet de 10 dalasis, unos 25 céntimos de euro, te hacen el test de sangre, diagnostican malaria y para casa con la cartulina llena de pastillas.

Malaria en Europa suena a país pobre. A muerte. A asunto feo feo. Y lo es. Pero aquí la gente está tan acostumbrada a ella que la palabra es parte de la vida diaria.

Me cuenta Malick que no hace mucho, el “Presidente” _llámalo X y despeja_ emitió un bando en la televisión nacional para prohibir la venta de Coartem (la cartulinita de pastillas producida por Novartis) en las farmacias. Los hospitale spúblicos deben de administrarla, y gratis.

Aquí casi todo se compra en su justa medida. En las farmacias venden los medicamentos en las dosis justas para tratar cualesquiera que sea la enfermedad o dolencia que padeces. Tienes fiebre y el doctor te ha recetado dos días de paracetamol, pues 6 pastillas en bolsita de plástico transparente y escritas a boli con letra de médico. Porque eso, sí , la letra de médico no sabe de fronteras n de razas, sigue siendo letra de médico también en Gambia.

En la farmacia de la zona turística, en “Senegambia”,  en cambio sí que saben de cajas de medicamentos enteras y de marca y de test de sangre a 300 dalasis; 30 veces más caros que en el hospital público. En la farmacia de senegambia, si te descuidas hasta te llevas una caja enterita de pastillas para la malaria aún cuando el test que te acaban de hacer ha salido negativo. “Por si acaso”.

Los hospitales en Gambia se llenan de telas de colores y mujeres durmiendo en el suelo. Cerca de la capital, son muchas las que vienen desde pueblecitos del interior y hacen de cualquier zona de hierba, arena, o sombra su improvisado dormitorio mientras sus maridos están ingresados. Y digo maridos porque sólo son mujeres. No sé dónde están los maridos que venidos de pueblos del interior esperan el alta médica de sus esposas. Quizás no son tan “venidos” como pienso.

El nuevo Hospital de Serekunda luce más organizado y limpio que el de Banjul. Los primeros meses andaba desnudo de esas mujeres sentadas en el suelo con la espalda bien recta y los pies cruzados pese a su avanzada edad. Sólo paredes bien blancas, zonas ajardinadas y baldosas limpias.  Pero poco a poco, como en el resto, las grandes telas colgadas al sol para secrase de la última lluvia, dan color al blanco aséptico.

Mientras, en la segunda planta del edificio de Admnistración, estudiantes de la primera universidad privada del país asisten a una clase de telemedicina. Los docentes están en la otra punta del mundo pero su rostro invade el aula en la pantalla de proyección y gracias a la videoconferencia.
Una de esas estudiantes, María, venida desde Nigeria, mira hacia abajo a través del cristal mientras el profesor indio de la pantalla habla de ketamina. La mujer de cuerpo enjuto que ha saludo cada mañana desde hace una semana recoge sus telas al sol y algunos bártulos desperdigados a su alrededor. Quizás el marido ya tiene el alta. Quizás ha sido una baja. Quizás la química lo  ha ayudado, o quizás el Nebadaye que cada mañana, después del primer rezo, ha hecho en infusión y ha intentado colar en la sala del hospital.

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Para la vecina, sólo existe otro mundo más allá del suyo. Me pregunta que cuándo he regresado de Tubabudú. No hay Europa, ni siquiera España, y mucho menos Barcelona o Alloza.

Tubab, de blanco. Hombre blanco; y dú, de sitio concurrido. Tierra de blancos. Tierra de negros.

Cuenta historias de su hijo mayor que se fue hace ya casi 20 años a Tubabudú. Anécdotas que llegan muchas veces bajo el filtro de color que les ponen desde allí para no preocupar a sus madres, hijos o esposas.

Tubabudú y Muffindú no son palabras que salgan de bocas jóvenes por los Kombos. La capital y poblaciones metropolitanas conforman núcleos de casas de hojalata y construcicones europeas. Mezcladas, integradas unas con otras en el paisaje. Y aquí las bocas jóvenes que van a la universidad y están enganchadas al caralibro también se mezclan con las que pasan el día sentadas en sillas de plástico y escuchando música por el móvil. Aquí a Europa se le llama por su nombre y adquiere un tono como de ilusión al pronunciarla. Aunque ya son algunos los que empiezan a tener historias reales de supervivencia en ciudades del viejo continente, aún son muchos los que piensan que Europa resplandece. América, incluso para los universitarios, es utilizada para hablar de Estados Unidos. Ni rastro de la Ámerica Latina.

La vecina se coloca bien el velo que le cubre la cabeza y parte de la espalda y deshace un nudo de una esquina de éste. 25 dalasis, en billetes arrugados, hechos bolitas, y descoloridos. Se va al mercado de serekunda. A arreglar el móvil para poder estar en contacto con su hijo.

Me pregunto si sabrá que hay unos señores, que ni blancos, ni negros, que son potencia mundial en esto de los chips y nuevas tecnologías.